Un par de horas por delante…

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No sé qué temperatura había ni sé si importa mucho. El caso es que teniendo en cuenta que estábamos en Madrid, a mediados de julio, entorno a la una y media de la tarde y la previsión apuntaba a máximas cercanas a los 40 grados… el día no estaba para pasear por el sol. El caso es que mi hermano y yo salíamos de uno de los hospitales más grandes de Madrid con la intención de rellenar las dos siguientes horas de la mejor manera posible. Ése era el tiempo que teníamos, o eso pensábamos, hasta tener que volver al hospital.

Ya digo que, con tanto calor, no es bueno pasear al sol… tampoco a la sombra. Así que la decisión era clara, había que buscar un bar para tomar algo (lo de la cerveza fría viene implícito en la expresión, por supuesto). El primer paso era asegurar. Uno de los bares pequeños y tranquilos que hay cerca de la puerta por la que nos tocó salir. Es uno de esos bares de los que llaman «de barrio» o «de toda la vida». Pareja de camareros atentos (probablemente dueños del bar), limpieza, tapas apañadas y botellines fríos. Pues esa es la elección, un botellín frío para empezar la ronda. De hecho no tienen ni grifo para pinchar cerveza. Con la bebida, un pincho de ensaladilla de lo más apetitoso, y no porque fuera la hora de comer…

Antes de salir al sol había que elegir segunda parada. En una de las últimas «vueltas» dadas por la zona en los últimos meses para llenar la espera, a mí me había llamado la atención un bar con una pinta parecida al anterior. Así se lo dije a mi hermano y allí que nos plantamos. Esta vez sí estaba abierto. Del mismo tipo que el primero, éste es un poco más grande. De hecho dan comidas y tienen hasta terraza. Pero la pinta se asemeja. Con un letrero más o menos antiguo, una fachada sencilla también como «de barrio» era un buen reclamo para nosotros.

Una vez dentro empezamos a pensar en que no era «nuestro bar soñado». Bastantes camareros pero sin la atención ni el movimiento que esperábamos. Aún así le dimos la oportunidad y, esta vez, pedimos una caña. La forma de tirarla no fue la mejor y, aunque estaba fría, no pareció sentarnos tan bien como el primer botellín. La tapa pudo tener algo que ver… cuatro trozos de algo frito hacía algún tiempo no fueron lo mejor del día.

Así que, para cerrar la espera, decidimos cambiar totalmente de objetivo. Nos dirigimos a uno de esos bares muy «puestos» y que no siempre son lo que parecen. Muy cuidado el aspecto exterior con una fachada atractiva y moderna. Varios camareros, bien uniformados, saludaban a los clientes nada más entrar. Creo que tratamos o nos cruzamos con cuatro o cinco y de todos recibimos una sonrisa con su correspondiente buenos días o buenas tardes. La caña, muy bien tirada, era algo mayor (también el precio final) pero nos supo buena. El aperitivo, puesto con gusto, fue buen acompañamiento para la cerveza.

Hay bares en los que se está tan a gusto que invitan a repetir. Previa mirada al reloj, nos tomamos otra… En esta segunda caña acertaron también a la hora de poner un aperitivo simple pero adecuado. Así que, eliminado el mal sabor de boca del segundo de los bares nos dirigimos, razonablemente contentos, hacia el hospital. En apenas un rato habíamos disfrutado de tres distintas formas de entender un bar en Madrid. Cada cual con sus peculiaridades…

… por cierto, al final las presumibles dos horas se convirtieron en cuatro esperando en el hospital.