El cuñaooooo

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El “cuñao” abre la puerta del bar, te ve, y con una sola mirada sabe que tiene que ir a tu rescate. Saluda al resto de la gente y te dice en voz alta que tiene que hablar contigo. Solamente tienes una oportunidad de salir de ahí y no vas a desaprovecharla. Ves el cielo abierto. Te alejas de allí disimuladamente, coges sitio al otro lado de la barra y respiras aliviado. Empezáis a pedir botellines como si no hubiera un mañana, hasta acabar con los diferentes pinchos que hay en el bar. Te cuesta coger el ritmo pero al final te pones a su rueda y ya no hay quién te pare. Se te ha calentado la boca y te vienes arriba. Lo malo es que son casi las 4 de la tarde y os esperan en casa de tu suegra, es decir, la casa de tu “cuñao”, con la comida puesta en la mesa. Allí te espera tu mujer, que ya hace un buen rato había salido del bar. Y te espera tu suegra que harta de esperar ya se ha comido sus sopas de ajo. Estás metiendo las llaves en la cerradura y ya se escucha al fondo del salón, “ya está bien, vaya horas de venir”.

No tienes ni pizca de hambre y de sed ni te cuento. Sin dejarte quitar la cazadora, escuchas “no creo que queráis comer porque vendréis hartos”.Asustado, casi sin poder hablar, pasan unos segundos hasta que el “cuñao”, siempre el “cuñao”, me hace un gesto para que me siente en la mesa sin rechistar. Le obedezco porque antes, de camino a casa, me había dicho “mejor comer dos veces que tener que dar explicaciones”. Así hacemos, dejamos los platos vacíos hasta el próximo domingo. Solo una cosa más. En la comida bebí agua; el “cuñao” otra cerveza. Genio y figura hasta la sepultura.